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2007 y cuanto, ¡cuantísimo beato se ve por la calle! Una década de hemorragias sociales y políticas dejaron a un país anémico, más enfermo que sano, cabizbajo, con la autoestima de un reloj de pared (esperando, segundo a segundo, el derrame final, la última estocada, el apocalipsis liberador.) De entre los nervios reventados de esa herida supurante emergió, cual Cristo resucitado, la venda ciudadana – la revolución verde-resaltador – la cara del santísimo. Rafael Correa inspiró un movimiento masivo; coordinó a las izquierdas, las inflamó con el deseo rabioso del cambio, las santificó. La calle se llenó de creyentes. Los académicos treparon fuera de sus cuevas, los socialistas de salón cambiaron sus Camparis por banderas neón, y la plebe oprimida reencontró las riendas de su destino, ya hace tanto presas en las casas cercadas de los caciques ancestrales.

Tal vez fue esa rabia, ese hartazgo con el estado de las cosas lo que terminó por cegarnos. 2007 y, ¿así seguimos? ¡Ya no! Alianza País prometía flama y piedra para el establecimiento político que tanto había corroído nuestras instituciones, tanto había oprimido a nuestros más necesitados, y tanto se había beneficiado de nuestro aplomo. Todos se subieron al carro. Todos nos subimos al carro, hasta cierto punto. Debimos habernos bajado cuando el conductor dio vuelta en U.

Pero no lo hicimos.

Llegó el día del oro negro. Teníamos todo – el dinero petrolero fluía en caudales bíblicos, y la izquierda se sentía lista, representada. ¡Sobre esas siete vacas gordas se construirá el futuro!

Vimos siete vacas gordas, mórbidamente obesas y las talamos a machetazos, destruimos sus carnes, molimos sus huesos. Vivimos de la sangre negra de esas vacas – la succionamos de sus venas, la extrajimos de entre sus tejidos. Hoy, casi diez años después, tenemos siete vacas flacas y los cadáveres agusanados de las que alguna vez fueron otras siete más.

Alianza País dio signos de sus intenciones hiper-presidencialistas, autocráticas, y derrochadoras desde muy temprano. Cuando se escribió el artículo 407 de la Constitución Correísta, que dio carta blanca a la presidencia para que invada y explote parques nacionales, ¿cuántos de nosotros pretendimos no ver? Cuando la inversión extranjera se redujo a niveles abismales, ¿cuántos de nosotros seguimos fieles? Cuando presenciamos la persecución de periodistas, periódicos, cómicos, activistas, ecologistas, y dibujantes, ¿cuántos de nosotros objetamos? Cuando nuestro presidente nos llamó “gorditas horrorosas” o “trogloditas” o “majaderos insolentes,” ¿cuántos de nosotros dijimos “¡ya no más!”?

Fallamos como izquierda. Fuimos beatos, no evaluadores críticos; demagogos, no agentes de cambio. Cuando en nuestro movimiento se profería el poder y la posesión de la verdad única, preferimos quedarnos en el salón, en la penumbra del silencio, que salir a la calle y re-fraguar nuestro ideal. Le teníamos tanto miedo a la derecha, al pasado ensangrentado, que la perdimos de vista; tanto, que, en nuestra maniobra evasiva, terminamos sentados a su lado.

La nueva política se formará sobre tierra talada y quemada. Abandonar la aberración anti-progresista de la Revolución Ciudadana implica recuperar los ideales que calcinamos en el camino. Desapeguémonos de la ideología inflexible – dialoguemos con nuestros opositores e innovemos con ellos – repensemos nuestro movimiento y refundémoslo desde la responsabilidad social, la autocrítica, la apertura al diálogo, y la inclusividad social, económica, y política.

No desperdiciemos esta oportunidad, que, a la final, hoy tenemos siete vacas flacas – flacas, pero aún vivas.