guerra-mundial

“Muchachos, no hay nada por lo que preocuparse. La situación es normal; estamos rodeados”. (Capitán Winters, División 101 de Paracaidistas en la Segunda Guerra Mundial)

Hermanos de Sangre. Stephen E. Ambrose.

Podemos concebir una cultura como un marco lógico particular, capaz de alojar una serie de enunciados congruentes. Nos estamos refiriendo a un lenguaje concreto, a una estructura anudada a un imaginario de sentido y al registro de la vida. Cualquier historia es un devenir de enunciados, en una dinámica que puede desembocar en un impasse, es decir en un enunciado cuya pertenencia al marco lógico no es posible probar y tampoco desaprobar. Igual que el sujeto haría en esta situación procede el grupo social: se aísla el enunciado inconveniente o se lo poda del todo. Así se hace ex– sistir un objeto extranjero, indiferente, enemigo. La bejahung freudiana, tal como la ha explicado Lacan, operaría de este modo. Dejemos subrayado que en el momento crítico el enunciado inconsistente puede electivamente ser conservado en el espacio de la represión (de lo reglamentado y debatido) o expulsado al campo de lo odiado.

Este paradigma de la constitución del grupo es válido en diferentes niveles y duraciones (como lo diría Fernand Braudel): tribus, naciones, estados, civilizaciones. El marxismo creyó poder constituir La Internacional del Proletariado, a partir de la exclusión de La Internacional de la Burguesía, en una etapa previa a la síntesis de una humanidad unificada. No hemos tenido la tal síntesis y sí, como dice Fredric Jameson, la proliferación regresiva y posmoderna de luchas diversas: choque de bloques para unos, de civilizaciones para otros. Lo cierto es que los odios étnicos y religiosos se han tomado la escena. Si no hay El Padre no dejan de existir los nombres-del-padre, y con ellos las guerras de religiones, “guerras de obsesiones” como las entiende Lacan (Introducción a la Edición Alemana).  

Por la vía bélica se sublima una tendencia destructora, rebelde y anarquizante, apuntándola al otro grupo y alejándola del propio. Es lo que podemos leer en Freud en su texto sobre la guerra y la muerte. Freud no vacila en hablarnos de un gusto de matar, depurado y manifiesto cuando se trata de un extranjero, inconsciente y culposo cuando es un prójimo grupal. Ahora bien, en torno a la guerra, a sus preparativos y su conducción, se ejerce un ritual de iniciación masculina: distanciamiento del hogar, de la familia y de las mujeres, a la vez que realización de un poder asesino defensivo contra los adversarios del grupo. Es tal como lo vemos en El Guerrero Aplicado de Jean Paulhan, obra comentada por Lacan. El joven soldado retorna al paisaje campestre, ahora un paraíso destruido y peligroso. Atrás quedan los cuidados maternos y los pensamientos tiernos por una mujer. Se apropia del ser un sentimiento que desdeña la seguridad, la rutina, la vida tranquila. De aquí nace un entusiasmo distinto, unido a una indolencia hacia el sufrimiento propio y ajeno. En el momento culminante del ataque, sin miedo ni esperanza, el sujeto se percibe en una cierta exterioridad respecto a la vida, asumiendo su mortalidad. Despojado de las galas del hombre civilizado el guerrero desemboca en la gran simplicidad del combate.

La guerra de nuestros días no cambia el núcleo gozoso del combate. Las tres mayores satisfacciones se repiten: el lujurioso espectáculo visual del fuego y las explosiones, el sentimiento de una camaradería y una hermandad que desbordan los límites del yo, el placer de la destrucción material y el aniquilamiento de enemigos (Stephen Ambrose, en  Hermanos de Sangre). El cronista y reportero Robert D. Kaplan recorre los testimonios in situ de los “gruñones” del Imperio, que hablan de la experiencia de estar en un tiroteo y avanzar – contra todo “instinto de conservación” – hacia las balas del adversario. La vida se ve desde fuera, y luego se retorna a ella con una sensación vivificante. El peligro es el condimento de la vida.

Los ejércitos – al igual que la Iglesia- no son democráticos. Su verticalidad está rematada por un comandante. Freud nos describió su esquema en “Psicología de las masas”. La función del líder es la de un padre, de uno que envía a sus hijos a matar, y que llorará por los que mueran, pero sólo cuando la guerra haya acabado. Para muchos, dice Kaplan, el ejército es un orfanato que funciona, donde la instrucción empieza por romper la dañada persona del sujeto, para luego recomponerla de mejor modo: disciplinado, fuerte, aguerrido, diestro. ¿Qué clase de ejército fue el de Jenofonte, una polis que podía conducirse sucesivamente como una aristocracia de comandantes, como una monarquía en las emergencias y como una democracia asambleísta en las grandes decisiones? Gobernar es una tarea imposible dijo Freud. No hay “el método”.  

Hay autores y estudiosos para los cuales cabalgamos ya en una nueva guerra mundial. Acabada la tercera, la que se llamó “la guerra fría” (limitadamente “caliente”, pero con mucha sangre, en países “tercermundistas”) tendríamos un conflicto multifacético entre el islamismo – proyecto ideológico de un poder islamista global impuesto violentamente –  y el mundo de los “infieles”, sus instituciones y sus modos de vida. Una “guerra santa” para los unos, una reedición de las “guerras indias” para los otros. Aquí no hay retaguardia segura, aunque se delimite una frontera y unos territorios “hostiles”. Blancos iniciales de la “guerra santa”: Estados Unidos e Israel. El psicoanálisis, fundado por un judío, ¿está o no en la lista negra del islamismo?, ¿es también una preocupación para los lacanianos, esforzados en la crítica a la ciencia, al capitalismo y hasta la democracia liberal, vale decir las condiciones históricas que dieron marco al “progreso” -en el sentido que Lacan da a esta palabra en su intervención en Vincennes- del discurso psicoanalítico?

Hemos planteado el límite del campo de la subjetividad concreta, donde aparecen enunciados que vulneran la consistencia del Otro. La enunciación y su equívoco, corroen y desgastan el terreno de los enunciados fundamentales del sentido, que se “estira” abarcando los dichos. Más allá se encuentra el agujero del inconsciente, coincidente con la muerte como dice Lacan en su seminario final. En esta frontera, en este litoral, aparecen los juegos de palabras, seres singulares que se articulan con la ley sin seguirla del todo, entrando y saliendo, en un ir y venir descompasado con el movimiento pendular caótico del ciclo de lo humano. Tenemos aquí el aparato de lalengua reducido a sus cuerdas elementales.

Peor que la guerra: el caos, la anarquía violenta –si es que todavía creemos que hay una que no lo sea-, la hambruna, la peste. André Glucksmann lo sostiene en su “Occidente contra occidente”, y Robert Kaplan lo cuenta en sus crónicas de guerras “civiles” y revoluciones. Observemos que también entre la guerra y la paz está el mundo de la política, construido con desacuerdos y tensiones, con elecciones de lo menos malo, con  decisiones sensatas según los cálculos de la teoría de los juegos, donde Lacan un día vio la afinidad de las “ciencias conjeturales”: el psicoanálisis, la estrategia, la política, la historia. Sensatez, es la palabra que Lacan quiso buenamente aproximar a la política, para que no desborde en futilidad, o incluso en una crítica que prepara el ascenso del nazismo (ver Introducción a la edición alemana).

Terminemos con otra parodia, también prestada al polémico Glucksmann, quien a su vez la extrae del cine “western” norteamericano. En aquellos lugares y momentos ubicados en una “tierra de nadie”, en el filo del territorio de la ley y estado, en vecindad con un mundo hobbesiano de luchas salvajes y rapiña, allí se posesiona la figura del sheriff. En su soledad conserva un código, una “mínima moralia”, que no coincide punto a punto con la ley pero que asume consecuentemente. El analista de nuestros días se halla en el agujero de esta época, o por lo menos en su borde, rodeado de huracanadas fuerzas en colisión: religiones, estados, economías, identitarismos renacidos con furia. Es poca cosa para triunfar, como recuerda Lacan en 1974, pero puede proponerse sobrevivir. Sólo debe no equivocarse sobre el lugar que elegirá para buscar refugio. Hoy tenemos señales de que nos estamos encaminando mal.